Las proyecciones de medios estadounidenses —entre ellos AP, NBC News y The Guardian— coinciden: los demócratas se quedaron con ambas cámaras del Congreso tras la jornada del 3 de noviembre de 2026. En el Senado, el viraje incluyó flips en estados que hasta hace poco parecían inalcanzables para ese partido: Texas, Kansas, Carolina del Sur, Ohio, Iowa, Carolina del Norte y Maine, entre otros. En la Cámara, la mayoría demócrata se consolidó con un margen amplio. Es, en la práctica, el “Democratic sweep” que Bogotá temía.

La apuesta colombiana por Trump

El presidente Abelardo de la Espriella, elegido en 2026 y en el cargo desde el 7 de agosto, alineó a Colombia con la agenda republicana de Donald Trump. Anunció y formalizó el ingreso al Escudo de las Américas (Coalición de las Américas contra los Cárteles), abrió la puerta a retomar la aspersión aérea sobre cultivos ilícitos —incluido el glifosato, tras derogar la resolución que lo tenía suspendido—, autorizó el ejercicio conjunto Vanguardia del Sur 2026 con más de 300 militares estadounidenses en Tolemaida y recibió el anuncio de Washington de un paquete de hasta 1.000 millones de dólares en ayuda de seguridad, sujeto a la colaboración del Congreso.

Además, apoyó abiertamente a candidatos republicanos —entre ellos la congresista María Elvira Salazar, de Florida—, lo que provocó una reacción pública del representante demócrata Gregory Meeks, quien calificó de “inaceptable” la intervención de un jefe de Estado extranjero en una elección estadounidense y advirtió sobre el riesgo de erosionar el apoyo bipartidista a la relación Colombia–EE. UU.

Cinco implicaciones para Bogotá

1. Presupuesto y ayuda de seguridad. El Congreso controla las apropiaciones. Con mayoría demócrata en ambas cámaras, el paquete de hasta 1.000 millones y la asistencia militar o policial enfrentarán mayor escrutinio, posibles recortes o condiciones más estrictas —derechos humanos, indicadores de desarrollo alternativo, límites a la fumigación—. Los demócratas han preferido históricamente combinar erradicación con inversión rural y, en octubre de 2026, un grupo de legisladores demócratas pidió a Marco Rubio retirar el respaldo estadounidense a la reanudación de las aspersiones. Bajo la Ley Leahy y otros mecanismos, condicionar el dinero es relativamente fácil.

2. Más supervisión y audiencias. Los comités demócratas de Asuntos Exteriores y Apropiaciones —con figuras como Meeks— pueden convocar audiencias sobre la presencia militar estadounidense, la política antinarcóticos, los derechos humanos y el uso de la ayuda. Eso no detiene por sí solo la política exterior del Ejecutivo Trump (Rubio, Vance, Hegseth), pero aumenta el ruido, las condiciones y el costo político de cada decisión.

3. Enfoque de la cooperación. Habrá presión para pasar de una agenda predominantemente militarizada y de fumigación a una con más peso en sustitución de cultivos, desarrollo alternativo e instituciones judiciales. La relación no se rompe —el Plan Colombia y dos siglos de alianza dejan un piso bipartidista—, pero el “cheque en blanco” para la línea dura se complica.

4. Comercio y otros temas. El TLC (CTPA) tiene capítulos laborales y ambientales que los demócratas pueden activar con más agresividad si perciben retrocesos laborales o daños ambientales ligados a la fumigación. Migración (Darién), extradiciones y minerales críticos siguen siendo prioritarios para Washington independientemente del partido; ahí Colombia conserva palancas.

5. Efecto político interno. El gobierno puede usar el escrutinio de Washington como narrativa de “soberanía” frente a la oposición. Al mismo tiempo, la oposición colombiana gana un foro institucional adicional en el Congreso estadounidense. De la Espriella tendrá que cultivar interlocutores bipartidistas —algo que la historia reciente de la relación siempre ha exigido—.

Qué mira San Andrés

Para el Archipiélago, el giro en Washington no es un debate abstracto de Bogotá. La frontera marítima del Caribe, la presencia de Armada y unidades antinarcóticos, y la percepción de seguridad que alimenta el turismo dependen, en buena parte, de cómo se financie y condicione la cooperación bilateral. Si el Congreso demócrata aprieta el presupuesto o exige más énfasis en desarrollo y derechos, eso puede trasladarse a la forma —no necesariamente al fin— de la cooperación en el mar y en tierra. Lo que está en juego no es si habrá relación con Estados Unidos, sino con qué reglas y con qué cheque.

Resumen práctico

  • No es una ruptura: geografía del Darién, extradiciones, comercio y seguridad regional siguen atando a ambos países.
  • Sí es un cambio de condiciones: menos margen para la agenda puramente militar y de fumigación; más derechos humanos, desarrollo y fiscalización presupuestaria.
  • El Ejecutivo estadounidense mantiene la conducción de la política exterior; el dinero y la supervisión pasan por un Congreso demócrata.

En la práctica, el gobierno colombiano deberá diversificar interlocutores en Washington y ajustar el énfasis de su estrategia de seguridad si quiere mantener el flujo de recursos. De los escenarios que se barajaban antes de las midterms, este es el más restrictivo.

Armando Archbold, periodista del Externado con maestría en política, editor de WiNyuuz

Fuentes